Migrando el destino, primera de dos partes
Martha trabajó duro en su negocio y este creció en personal y clientela, sin embargo, al poco tiempo comenzó a tener muchas trabas para renovar su residencia, los de migración de Guatemala le pedían mucho dinero.
"Cuando se dieron cuenta (los de migración) de que yo iba a invertir, para extender mi residencia me pedían diez veces más que una persona común y corriente porque ellos pensaban que yo tenía muchísimo dinero, seguramente querían aprovecharse".
Ante este panorama, Martha decidió regresar a Honduras y planeo la aventura que cambiaría su vida. Platicó con algunos amigos y decidieron salir en grupo hacia Estados Unidos, ella pensaba trabajar 4 o 5 años y regresar a Honduras para construir una casa y poner un negocio que le permitiera vivir dignamente -, plan que pasa por la mente de la mayoría de las personas migrantes: ir a "rajarse el lomo" unos años y regresar a sus tierras como un triunfador, pero no cualquiera lo logra, menos ahora que cada día brotan más leyes racistas y xenófobas en la Unión Americana, como si se tratase de una pandemia.
"Estuve en Guatemala, en la frontera de Tecún Umán para ver cómo estaban las cosas para cruzar, estaba tan decidida a salir que no me importaba la forma, nada, no me importaba ningún riesgo", recuerda Martha con un espíritu combativo desbordando por su ojos, como si estuviera - nuevamente- a orillas del rio Suchiate.
"Obviamente nos venimos en el tren, para mí era una aventura la verdad, no me importaba ningún riesgo, me gustan mucho las cosas extremas y para mí eso era como una diversión más, como ir a la montaña rusa, algo así". Dice Martha mientras relata que tuvo que buscar a alguien en el grupo de migrantes que fuera su protector, sabía que las mujeres sufren infinidad de calamidades durante el trayecto y encontró en Héctor* migrante salvadoreño, el apoyo para los momentos más espinosos.
Después de cruzar en lancha el rio Suchiate y caminar varios kilómetros dentro del estado de Chiapas, guiados por otros migrantes, tocó subirse a "la bestia" y ahí, Martha entendió que más que una aventura, comenzó una larga carrera por salvar la vida.
"Nos subimos al tren equivocado, al que iba de regreso, entonces cuando el tren comenzó su marcha la gente empezó a gritar: ¡para dónde van! ¡No, están equivocados, bájense! Entonces yo dije: ¡o regreso o me tiro o qué hago! Todos se empezaron tirar, mi respiración se contrajo y dije: "¿Qué estoy haciendo?".
Héctor se tiró y le dijo que correría a lado del tren, que no le perdiera de vista y que cuando el tren avanzara más se aventara, ella contesto que no y él le grito que la iba a agarrar, que no tuviera miedo. En ese momento Martha pensó muchas cosas, que podía morir ahí, caer a las vías y adiós.
"Sólo cerré mis ojos y me tiré pero cuando lo hice mi rodilla pegó en el tren, no me fracturé afortunadamente pero mi rodilla se hinchó y se puso morada. Pensé: "¿ahora qué voy a hacer?".
Martha y parte de su grupo durmieron en las bancas de un parque del municipio de Arriaga, Chiapas, pero ella paso la noche pensando regresar a su natal Honduras, "ya estuvo bueno la aventura, si no muero, quedaré mutilada, inservible y la cosa se pondrá pior" se dijo durante toda la noche.
A la mañana siguiente, sin pensarlo decidió continuar y tomar el tren. Ya estando en Oaxaca anduvieron de pueblo en pueblo y encontraron otros migrantes, formaron un grupo de 20. "Había dos mujeres a parte de mí, el resto eran hombres" mencionó.
La posibilidad de sufrir un asalto, aumentó de decibeles. En medio de un despoblado Martha escuchó el ladrido de unos perros y el accionar de armas de fuego, hombres corriendo se dirigían hacia ellos comenzando la persecución.
"Traían un traje amarillo, así como los que usan cuando llueve, como un impermeable pero andaban con armas, llenos de balas y con municiones, era un uniforme color oscuro, no me acuerdo si era azul marino o negro. Cuando logré verlos, escuché que dijeron: "¡ahí están!" Ya los vi, los acabo de ver, suelta a más perros!". Otro gritó: "¡hay que agarrarlos, hay que matarlos y hay que quitarles todo lo que traen!".
Martha relata que corrieron varias horas y atravesaron diferentes pueblos, en la mayoría de ellos eran vistos con extrañeza y cierto desprecio, a su paso en varias ocasiones escucharon murmurar a la gente, "mira esos centroamericanos, ojala se los lleven los de migración".
Todavía en algún poblado de Oaxaca, Martha y Héctor tocaron en una casa pidiendo algo de comer, al abrirse la puerta una señora dijo: "pasen, ya tengo la comida lista y si se quieren bañar estoy calentando agua".
En esta casa Martha y los demás migrantes pudieron descansar y comer un poco de frijol con tortillas, al poco rato un niño de escasos 12 años llego a la casa a ofrecer los servicios de un pollero, varios migrantes del grupo decidieron continuar solos y Martha opto por irse con el niño.
"El pollero y su familia me empezaron a decir que si me regresaba o que qué iba a hacer. Pensé que como ya había pasado tantas cosas no iba a regresarme. Hablé con una de mis amigas de Honduras, me dijo que tenía unos amigos mexicanos y probablemente ellos me podían recibir y trabajar en un restaurante de antojitos mexicanos. Mi amiga se comunicó con ellos y le dijeron sí podían recibirme, que estaba bien." Explico Martha.
Decidió ir al Estado de México, trabajar por un tiempo y después seguir su camino a los Estados Unidos, ya tenía quien la recibiría, un trabajo seguro y sentía que su suerte cambiaba, lo que no sabía es que en México, el dolor ya no sería en sus pies rotos por las ampollas, ni en sus piernas entumecidas de tanto correr y de pasar noches de frio, el dolor sería en su corazón, en su dignidad, en donde más duele.
(Continuará en la próxima entrega)
*Los nombres fueron cambiados.
Paulo Martínez
Encargado de Comunicación


